Efectividad es la combinación idónea de eficiencia y eficacia, lo que Peter Drucker llamó «hacer bien las cosas correctas». La eficiencia tiene que ver con el uso de recursos para la consecución del resultado. La eficacia tiene que ver con la calidad del resultado. En la práctica, la efectividad máxima rara vez está asociada a una eficiencia o a una eficacia máximas. Por el contrario, la efectividad máxima suele ir asociada a una combinación de eficiencia y eficacia óptimas.

En este contexto, la «chapuza» es el resultado de maximizar la eficiencia en detrimento de la eficacia. Por su parte, el perfeccionismo supone maximizar la eficacia en detrimento de la eficiencia. En contraste con lo anterior, la efectividad conlleva optimizar tanto la eficiencia como la eficacia. Lo importante es entender que, cuando hablamos de efectividad, «máximo» y «óptimo» pueden, y suelen, ser distintos.

Muchas organizaciones continúan obsesionadas con maximizar la eficiencia y esto les plantea un serio problema a la hora de mejorar su efectividad. Esta obsesión procede de un pasado en el que la mayor parte del trabajo era manual. En ese contexto, tenía sentido que el foco de las organizaciones estuviera puesto en maximizar la eficiencia, es decir, en maximizar la productividad, bien produciendo más por el mismo coste, bien manteniendo la producción reduciendo los costes.

Pero en el trabajo del conocimiento la situación es muy distinta, hasta el punto de que una menor eficiencia puede incluso traducirse en un aumento de efectividad, al ser compensada por una mayor eficacia. Esto nunca puede suceder en el trabajo manual.

A pesar de que la mayor parte de las organizaciones actuales dejaron de trabajar hace décadas en esquemas de trabajo manual, su mentalidad sigue anclada a este viejo paradigma de la eficiencia máxima. Una consecuencia de lo anterior es que muchas organizaciones siguen operando a la búsqueda de la «eficacia mínima viable», es decir, aplicando la «ley del mínimo esfuerzo».

El paradigma de la «eficacia mínima viable» es un problema para las organizaciones porque antepone la maximización de la eficiencia a todo lo demás, lo que implica, entre otras cosas, abandonar de antemano la búsqueda de la «eficacia óptima», que es la que en realidad les permitiría mejorar su efectividad.

Un ejemplo de las consecuencias derivadas de esta visión estrecha de la realidad son los procesos de toma de decisiones, que suelen dejar mucho que desear. A menudo, la decisión que se toma es la «primera decisión viable», en lugar de continuar el proceso en busca de otras «decisiones viables» que puedan conducir a la «decisión óptima viable».

En muchas organizaciones se entiende – culturalmente hablando – que seguir trabajando en una decisión tiene sentido, únicamente, mientras las alternativas que van surgiendo no son viables, por cualquier motivo: son demasiado caras, llevan demasiado tiempo, conllevan demasiado riesgo, etc. En el momento en que aparece una posible decisión sin un «demasiado» junto a ella, se da por válida. La pregunta que habría que plantearse aquí es ¿cuál es la probabilidad de que la «primera decisión viable» sea siempre la «decisión óptima viable»?

Trabajar en el paradigma de la «eficacia mínima viable» lleva a las organizaciones a vivir asentadas en el reino de la «chapuza», es decir, a buscar por sistema soluciones para «salir del paso», ya que es este planteamiento lo que les permite alcanzar los resultados maximizando la eficiencia. Además de los efectos negativos evidentes en cuanto a calidad del resultado, este planteamiento supone una puñalada mortal a la hora de que las personas de la organización puedan ejercer y acrecentar su maestría, lo que contribuye a explicar por qué el trabajo postureo está cada vez más asentado en estas organizaciones.

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Como alternativa a estas malas prácticas, las metodologías de efectividad más innovadoras plantean técnicas específicas para encontrar las «decisiones óptimas viables» y trabajar a partir de ellas. El resultado de aplicar estas técnicas probadas es transformar una reducción insignificante de eficiencia en una ganancia espectacular de eficacia y, por consiguiente, en un incremento sustancial de la efectividad.

En el extremo opuesto a la «chapuza» tenemos el otro gran enemigo de la eficacia: el perfeccionismo. En este caso, en lugar de operar a la búsqueda de la «eficacia mínima viable» se opera a la búsqueda de la «eficacia máxima posible», es decir, de la perfección del resultado. Si la «chapuza» supone el desprecio por la calidad, el perfeccionismo supone el desprecio por los recursos, lo que da lugar al despilfarro de los mismos.

El problema del perfeccionismo es que, una vez superado el punto de «eficacia óptima», se entra en zona de rendimientos decrecientes, es decir, las pérdidas de eficiencia dejan de ser compensadas por las ganancias de eficacia, lo que se traduce en una pérdida de efectividad neta. Además, cuanto más nos alejamos del punto de «eficacia óptima», mayor es la desproporción entre la pérdida de eficiencia y la ganancia de eficacia y, por tanto, mayor es la pérdida de efectividad total.

Pongamos un ejemplo. Imaginemos que para conseguir un resultado de una calidad «C» con una efectividad máxima necesito invertir una cantidad de recursos «R» durante un tiempo «T». Si opero en un paradigma de «eficiencia máxima», seguramente pueda reducir la cantidad de recursos «R» y el tiempo «T» empleado, pero ello irá en detrimento de la calidad del resultado «C», con lo que mi efectividad disminuirá. Cuanto más reduzca la cantidad de recursos «R» y el tiempo «T», más eficiente seré, pero mayor «chapuza» será el resultado, siendo también cada vez menor mi efectividad.

En el otro extremo, si opero en un paradigma de «eficacia máxima», seguramente pueda aumentar la calidad del resultado «C», pero ello irá en detrimento del consumo de recursos «R» y del tiempo empleado «T», con lo que mi efectividad también disminuirá. Cuanto más recursos «R» y tiempo «T» dedique a mejorar la calidad «C», más «perfecto» será el resultado, pero mayor será mi ineficiencia, siendo también cada vez menor mi efectividad.

En resumen, la paradoja a la que nos enfrentamos en el trabajo del conocimiento es que la forma de «maximizar» la efectividad es olvidarnos de «maximizar» la eficiencia y la eficacia. La clave para «maximizar» la efectividad es «optimizar» tanto la eficiencia como la eficacia, teniendo claro que sus valores óptimos van a ser, por lo general, inferiores a sus valores máximos.

Recordando a Drucker, «hacer bien las cosas» es distinto de «hacer las cosas de la forma más eficiente posible» y, del mismo modo, «hacer las cosas correctas» es distinto de «hacer las cosas perfectas». La «chapuza» y el perfeccionismo son – por igual – los dos grandes enemigos de la efectividad, porque la efectividad consiste en hacer las cosas de forma óptima en cuanto a consumo de recursos y calidad obtenida.

Un artículo publicado en Optima Infinito