De ser tu propio jefe a sentirse solo y aislado, así pierde la ilusión el autónomo

Uno de los motivos para hacerse autónomo es poder decidir y ser su propio jefe. Esa libertad que tanto se echa de menos cuando se trabaja por cuenta ajena, para decidir cómo hacer un trabajo, como ejecutarlo o si tenemos que aceptarlo o pasar, porque este cliente nos traerá más dolores de cabeza que beneficios. Y sin embargo, al poco tiempo, muchos se sienten solos y aislados, perdiendo la ilusión de ser autónomos.

Porque además de ser nuestro propio jefe y desarrollar nuestra profesión tenemos que ser capaces de ser empresarios. Y esto supone una sobrecarga de trabajo que muchos no están preparados para llevar a cabo. Podemos elegir a qué hora empezamos a trabajar, pero esto al final significa que vamos a trabajar muchas más que si estuviéramos en una empresa.

Las horas que trabajamos son para nosotros

Es cierto que el beneficio de estas horas extras es para nosotros, no para un tercero, como ocurre en muchas ocasiones en una empresa. Por eso se aguanta sobre todo al principio largas jornadas, muchas horas y mucho más trabajo del que habíamos pensado. Pero esto no puede ser eterno.

Es entonces cuando después de unos años vemos que sigue igual y comienza a perderse la ilusión. Trabajamos, facturamos, pero lo que al final nos queda líquido a final de mes nos damos cuenta que no compensa con todo el esfuerzo que ponemos. Somos nuestro propio jefe, pero no podemos decidir si trabajamos o no, si aceptamos un encargo o no. Llevamos ya un tiempo sin vacaciones, porque no nos da para estar un mes al año sin facturar.

El problema es que todo este sobresfuerzo tampoco se reparte. Nos lo quedamos todo nosotros y al final se acaba por notar. No solo físicamente, sino mentalmente. No es fácil mantenerse al frente de un negocio que sabes que no va a crecer, que da lo justo para vivir y con un poco de suerte no se pasarán apreturas.

Y tampoco se aprovechan algunas de las ventajas. No sabemos o no podemos conciliar o no queremos conciliar, porque al final trabajar tantas horas supone que si tenemos que ajustar nuestros horarios a los de la familia, acabamos trabajando cuando todos los demás ya descansan. O madrugando mucho para tener avanzado el trabajo cuando el resto se levanten o prolongado hasta altas horas de la noche.

El autónomo está solo ante el peligro

Además tampoco tenemos con quién compartir todas estos problemas. Para muchos somos unos privilegiados porque te ven recoger o llevar a tus hijos al colegio o poder ir a su función de Navidad ahora que llega el momento. No te ven trabajando sábados y domingos, o colgado del móvil a cualquier hora porque un cliente que tiene un problema te está llamando.

Cuando uno piensa en ser autónomo busca crear una empresa, no quedarse anclado en el autoempleo. Crecer como profesional, poder tener autonomía económica, contratar a otros para que ejecuten el trabajo como nosotros indicamos y generar un beneficio que nos permita vivir mejor. Si esto no llega, el autónomo se encuentra en una trampa de la que muchas veces ni siquiera puede salir.

Es cierto que algo de formación, juntarse con otros profesionales, hacer networking, nos puede ayudar a reenfocar nuestro modelo de negocio, a sacarle más partido. Pero en otras ocasiones solo nos ayuda a ver que hay otros que están como nosotros y tomar la decisión de abandonar a poco que surja una oportunidad de trabajar para otros un poco interesante.

Un artículo escrito por Carlos Roberto