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«Sacad vuestras sucias manos de nuestros niños»: ¿realmente la educación sexual aumenta las agresiones?

Tres niños de seis años han agredido sexualmente a una compañera de clase en un colegio de Badajoz. La llevaron detrás de unos arbustos, le quitaron la ropa interior y le arañaron los genitales. Un grupo de adolescentes de un instituto, también pacense, ha utilizado una aplicación de inteligencia artificial para obtener fotos falsas de varias de sus compañeras desnudas. Algo no se está haciendo bien con los niños. Hay quien señala que la culpa es de la educación sexual precoz, pero más bien se debe precisamente a la ausencia de la misma.

A veces tenemos un concepto equivocado de lo que busca la educación sexual. No se trata de clases de artes amatorias. Tampoco se incita a los pequeños a mantener relaciones sexuales. Si unos niños arrastran a una compañera a un lugar escondido para agredirla sexualmente, no es porque se les haya dado educación sexual, sino porque claramente carecen de ella.

Lo mismo para los adolescentes. En su caso, se suma que han recurrido a las nuevas tecnologías. Concretamente, a una aplicación tan novedosa que se debe contemplar en una educación sexual actualizada. Es importante que esta esté adaptada a la edad y a las circunstancias del momento. Pero para eso existen profesionales perfectamente cualificados, cuyo papel no es otro que evitar que pasen este tipo de sucesos. Porque no vale decir que todo esto es algo nuevo, que antes no pasaba nada parecido.

Por supuesto, nadie desnudaba a nadie con inteligencia artificial, porque no existía esa posibilidad. Pero las agresiones sexuales han existido toda la vida, también entre menores. Otra cosa es que se callaran o que, si se llegasen a contar, se acabase concluyendo que “son cosas de niños”. También debemos agradecer a la educación sexual que hoy las personas afectadas se atrevan a hablar y contar lo que les pasa. Hemos avanzado, pero queda muchísimo camino por andar. A la vista está.

¿Para qué sirve la educación sexual?

“El término sexual no es solo relativo a las relaciones y la erótica”. Lo explicaba en 2020 a Hipertextual la psicóloga, sexóloga y educadora sexual Laura Marcilla. “También abarca todo lo relacionado con los afectos y la igualdad”.

Ese es el primer pilar de la educación sexual, y precisamente el que más se fomenta cuando se imparte a los más pequeños. “No vamos a enseñarles a tener relaciones sexuales con 6 años. En realidad se hacen otro tipo de actuaciones, que son importantes porque vivimos en sociedad y es necesario desarrollar una serie de valores para que todas las personas tengan igualdad de trato, de valores, etc.”

En aquella entrevista, la sexóloga señalaba que es importante empezar con la educación sexual a etapas tempranas, porque así se evita realizar un desaprendizaje durante la adolescencia. Se trata de fomentar un aprendizaje en el que son esenciales varios factores.

El consentimiento

En educación sexual es esencial hablar del consentimiento. Se debe explicar a los alumnos que cualquier acción que implique una intrusión en la intimidad de la otra personas requiere su consentimiento explícito. Si esto se enseña a los niños desde que son pequeños, evitaremos ver a críos de 6 años agrediendo sexualmente a sus compañeras, a adolescentes falsificando fotos de chicas desnudas y a todo un directivo adulto besando a una futbolista sin su permiso en mitad de una celebración internacional.

El autoconocimiento

Los adultos de la actualidad hemos crecido nombrando a nuestros genitales con nombres cariñosos, como la almejita y la pilila. Esto puede parecer algo simpático, pero en realidad lo que se enseña es que se trata de partes del cuerpo tabú.

Si el brazo se nombra como tal y la nariz también, ¿por qué el pene debe ser la pilila? Llega el momento en el que somos mayores y casi no nos atrevemos a nombrar nuestros genitales. Vemos anuncios de productos depilatorios para la zona genital en los que la actriz habla de depilarse “ahí abajo”.

Si convertimos esas partes del cuerpo en tabúes, los niños entenderán que no se debe hablar de ellas, y si no se habla de ellas, quizás, cuando alguien se las toque, se callen. Esto ha pasado siempre. No han aumentado las agresiones sexuales hoy en día, porque se le hable de sexo a los niños. Lo que ocurre es que, precisamente porque poco a poco se está eliminando ese tabú, algunas víctimas se atreven a hablar.

Pero el autoconocimiento no es solo poner nombre a los genitales. Es importante que los niños sepan cuáles son esas partes de su cuerpo y entiendan que sentir placer al tocarlas no es raro. No es necesario que se lo digamos para que sepan que eso les produce placer. El instinto está ahí y ellos lo observarán igualmente por sí mismos. Puede que no lo recordemos, pero todos lo hicimos.

Lo bueno de la educación sexual es que se les puede ayudar a entender que ese placer no es malo. Pero también que no deben buscarlo en público y, sobre todo, que no se debe buscar en otra persona. Que los genitales de otra persona no se deben tocar sin su consentimiento. Y que incluso, para dar un beso, también debemos buscar ese consentimiento.

La orientación sexual y la identidad de género

Poco a poco, a medida que los niños crecen, pueden que empiecen a sentir que su género no se corresponde con el que les han dicho que es el suyo. O que sientan atracción por quien se supone que no les debería atraer.

Esto ha pasado sin educación sexual y seguirá pasando con ella. Pero la diferencia es que, gracias a los educadores sexuales, los niños que pasen por ahí sabrán que no les pasa nada malo. Que existen muchas identidades de género y orientaciones sexuales y que ninguna es “la correcta”. Todas lo son.

Se pueden evitar muchas frustraciones y problemas de salud mental simplemente llevándoles de la mano en un proceso que no se fuerza. Solo se normaliza.

Los beneficios de la educación sexual

Más allá de todo lo comentado, los estudios realizados sobre educación sexual indican que esta ayuda a los niños y adolescentes a desarrollar las habilidades sociales y emocionales que necesitan para convertirse en adultos solidarios y empáticos.

Además, señalan que, si se realiza de forma temprana, la educación sexual contribuye a la apreciación de la diversidad sexual, la prevención de la violencia, tanto en el noviazgo como en la pareja, el desarrollo de relaciones sanas, la prevención del abuso sexual infantil, la mejora del aprendizaje social/emocional y el aumento de la alfabetización mediática. Y, por supuesto, se ayuda a evitar embarazos no deseados e infecciones de transmisión sexual (ITS).

Por otro lado, existen varios estudios que demuestran que los adolescentes que reciben educación sexual no solo tienen relaciones sexuales más seguras. También las suelen iniciar más tarde. Por eso, en nuevas declaraciones a este medio, Laura Marcilla explica que, «si bien el punto debería centrarse en asegurar que cuando ocurra sea con consentimiento, seguridad y respeto, incluso si compramos el discurso de determinados sectores de que la educación sexual despierta la curiosidad, los estudios demuestran lo contrario».

Todo esto nace del mito de que la sexualidad de una persona está dormida en la infancia y se despierta en la adolescencia, pero no es cierto. «Las personas somos sexuales y sexuadas desde que nacemos hasta que morimos», señala la educadora sexual. «Es verdad que la sexualidad cambia con el tiempo y en la adolescencia se aprecian muchos de esos cambios». Sin embargo, eso no significa que antes no haya sexualidad ni que no sea necesario educar al respecto.

¿Qué ha podido pasar en realidad?

Ya hemos visto que la educación sexual no puede ser culpable de actos como los de estos niños de 6 años. Más bien, todo lo contrario. Además, Laura Marcilla recuerda que, en España, «no hay una educación sexual reglada y lo más probable es que con 6 añitos esos niños no hubiesen recibido educación sexual». «Mucho menos una educación sexual de calidad, integral, continuada, etc.».

Por lo tanto, la sexóloga opina que «es más probable que los niños se hayan expuesto, o ellos mismos hayan encontrado de alguna forma, contenido como la pornografía» y hayan querido imitar los comportamientos.

Todo esto se podría haber evitado con una educación sexual temprana. Y, puesto que no está reglada, esta debe empezar en casa. Por ejemplo, UNICEF dispone de un cuento descargable y gratuito con el que podemos trabajar con los niños todo lo necesario para evitar este tipo de incidentes.

No son cosas de niños

Según la Organización Mundial de la Salud, 1 de cada 5 mujeres y 1 de cada 13 hombres declaran haber sufrido abusos sexuales durante la infancia. Esto demuestra que no es algo nuevo. De hecho, es muy habitual.

Pero, más allá de esos abusos sexuales, lo cierto es que en la infancia siempre se han dado conductas que pueden empujar a abusos mayores si no se atajan a tiempo.

Todas las adultas, o al menos la mayoría, fuimos niñas a las que en algún momento nos levantaron la falda para ver qué había debajo. Se solía decir que eran cosas de niños. Pero era la señal de una clara falta de educación sexual.

Lo que hay debajo de la falda era un tabú, porque no se hablaba sobre ello. Eso incita a la curiosidad, así que los niños se lanzaban a comprobarlo. Además, eso les hacía quedar bien con el resto de compañeros, porque se veía como un acto gracioso y valiente. No con las compañeras, por supuesto. No se tenía en cuenta el consentimiento de las niñas, porque ni siquiera se sabía de su existencia. Y, por si fuera poco, no se le daba importancia.

Los niños que levantan faldas sin que se les afee el gesto pueden convertirse en adultos totalmente respetuosos. Hay quien se deconstruye a sí mismo. Pero también pueden convertirse en adolescentes que espían a sus compañeras en los vestuarios o adultos que tocan el culo de desconocidas en las discotecas o las besan sin su permiso.

La educación sexual debe empezar desde la infancia, porque es la única manera de evitar problemas como los dos sucesos de Badajoz. Por mucho que insistan en ello, no es la causa, sino la solución. Tanto para los niños de hoy, como para los adultos del futuro.