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88 céntimos al año por alquilar una casa de 60 metros cuadrados: el secreto de Fuggerei

Augsburgo es una de las grandes desconocidas de Alemania, a pesar de ser el tercer municipio más poblado de Baviera, una de las ciudades más antiguas del país y un sistema de gestión del agua declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2019.

Guarda grandes tesoros culturales como la catedral de Santa María, la pintoresca Rathausplatz o el Ayuntamiento, que data de 1624 y que se alzó como el primer edificio de la Historia que tuvo más de seis pisos. Además de estos, en mi viaje a la capital de la región administrativa de Suabia, he podido visitar uno de los puntos más atractivos y curiosos de la zona: el Fuggerei.

Se trata de las viviendas sociales más antiguas del mundo, cuyos inquilinos tienen que pagar el módico alquiler anual de 88 céntimos de euro. Y es que desde que su promotor, el banquero y comerciante Jakob Fugger ‘el Rico’, lo fundase en 1521, las personas que viven en este complejo tienen que pagar la anualidad de un florín renano, lo que equivale a 0,88 euros.

Asimismo, se exige rezar tres veces al día; de esta forma su fundador se aseguraba favores para su alma. «No se controla, pero pienso que todo inquilino, si tiene respeto y está agradecido de vivir aquí, reza las oraciones para sí mismo», explica Martha Jesse, una de las inquilinas de Fuggerei.

Para vivir en este proyecto el resto de requisitos son los mismos desde el siglo XVI: abrazar la religión cristiana, haber vivido dos años, como mínimo, en Augsburgo, y no tener deudas y estar realmente necesitado —la persona que demanda vivienda no tiene que haber sido la culpable de esa mala situación financiera por la que atraviesa—.

A los habitantes también se les pide que realicen pequeños servicios para el bien de la comunidad como servir de sacristán, jardinero o vigilante nocturno. Y es que este último cargo es de suma importancia, porque las puertas están abiertas hasta las 22.00 h; después de esa hora y hasta las 23.59 h, los habitantes que quieran acceder deben pagar 50 céntimos de multa, la mitad de lo que se ha de desembolsar si se necesita después de medianoche.

El conde Alexander Erbgraf Fugger-Babenhausen, uno de los administradores de la fundación Fuggerei, aclara: «Por desgracia, la lista de solicitantes es mayor que el número de viviendas, pero aquí la máxima que rige es ofrecer ayuda a la autoayuda: que aquellas personas que entran en la Fuggerei reciban el apoyo necesario para que puedan marcharse algún día».

Y fue, precisamente, por este motivo, para alojar a personas cristianas con bajos ingresos, por el que Fugger creó esta ‘ciudad’ de 15.000 m², dividida en siete calles y compuesta por 52 casas —cada una con dos residencias— y enfermería para tratar a seis personas. La escuela, instaurada a mediados del siglo XVII, y la iglesia, que está dedicada a San Marcos y que cuyo cura es que es el que recoge el dinero del alquiler, se construyeron después; la segunda, concretamente, en 1582, tras la conversión de la cercana iglesia de St. Jakob al protestantismo tras la Reforma.

En cinco siglos, esta ciudad dentro de la ciudad apenas ha cambiado, si bien es cierto que el número de viviendas ha aumentado hasta las 67, con lo que, en total, están establecidos 150 habitantes en 142 residencias.

En mi paseo a primera hora reina la calma en todas sus calles. Parece que se ha parado el tiempo. Mientras los turistas respetan las normas no escritas en este complejo de casas sociales, puedo oír tanto mis propios pasos como el agua que emana de la fuente de piedra. Una fuente que antes del siglo XVIII era de madera y que servía para proveerse de agua, puesto que los hogares carecían de red.

Caminar por Fuggerei es recorrer parte de la Historia. Puedes encontrarte con la casa de Franz Mozart, el bisabuelo de Wolfgang Amadeus Mozart, que vivió en ella entre 1681 y 1693 y que trabajó en su administración. Hoy es un museo visitable, como el búnker construido durante la Segunda Guerra Mundial para protegerse de los bombardeos de los Aliados -el Fuggerei fue seriamente dañado en esos años- o como una casa con el mobiliario y la distribución de 1521.

Las visitas son una de las fuentes de ingresos -suponen el 20% de los mismos. La entrada de adulto cuesta 8 euros-. Otra son las donaciones. También tienen su importancia las propiedades inmobiliarias fuera de Fuggerei, que suman un 10%. Pero la más importante es la que proviene de la fundación Fuggerei, que se financia, principalmente, con los ingresos de una explotación forestal propia.

Fuggerei es un inimaginable remanso de paz en mitad del bullicio de una ciudad como Augsburgo. Una comunidad en la que conviven tanto jubilados como jóvenes sin preocupaciones económicas gracias a una persona que pensó en los más desfavorecidos hace ahora, nada más y nada menos que 500 años.

Hugo Valverde