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La vida dentro de Corea del Norte, contada por sus desertores

Todos sabemos que quitarle la libertad a una persona, sin que esta haya hecho nada para merecerlo, es una injusticia enorme. Si secuestrar a un ser humano es terrible, imaginen secuestrar a 26 millones de seres humanos. Lamentablemente, no hace falta que se lo imaginen, esa es la realidad en Corea del Norte desde hace casi ochenta años.

Estarán preguntándose: “¿Cómo puede ser posible secuestrar a millones de personas por décadas?” Pues es posible cuando controlas todo el país de manera dictatorial. Teniendo a las fuerzas armadas bajo tu control, puedes usarlas para asegurarte de que nadie se rebele contra ti, para ejecutar a los que lo hagan y, lo más importante, para que nadie pueda salir del país.

Afortunadamente, a pesar de que te obsesiones con no dejar salir a nadie, para así mantener en secreto los crímenes atroces que cometes todos los días, tarde o temprano alguien logrará burlar la seguridad. No se pueden vigilar efectivamente miles de kilómetros veinticuatro horas al día. Por eso siempre existen “desertores”, sujetos que escapan el secuestro y sobreviven lo suficiente para contarle al mundo lo que está pasando. La realidad es mucho peor que lo que cualquiera pudo haber imaginado.

Primero un poco de historia

Corea solía ser un solo país. Fue dividido en dos en 1945, cuando los Aliados (Estados Unidos y la Unión Soviética) ocuparon cada uno la mitad de la nación, la cual había sido sometida por Japón durante décadas. De esa manera, los soviéticos crearían un país comunista en el norte y los americanos uno capitalista en el sur. Básicamente lo mismo que ocurrió en Alemania.

Corea del Norte invadió Corea del Sur el 25 de junio de 1950. Al principio parecía que la estrategia relámpago de los comunistas iba a dar resultado. Porque los Estados Unidos fueron tomados por sorpresa y solo pudieron enviar unos pocos cientos de soldados que se encontraban ocupando Japón.

Los invasores estaban mucho mejor armados, contando con muchísimos tanques. Mientras que los defensores apenas tenían munición antitanque, ni hablar de sus propios vehículos blindados. Pero esta desventaja apenas duró un par de meses. Los planes de guerra relámpago prometen una victoria rápida y fácil, por eso casi nunca funcionan, como sucedería en este caso. Durante esos dos meses los americanos reforzaron con tanques y todo tipo de suministros a las tropas defensoras acorraladas al sur del país y prepararon un desembarco en Incheon (es decir, detrás del ejército invasor). En septiembre los estadounidenses desembarcaron en ese puerto con casi 50.000 tropas. Se podrán imaginar lo que hicieron los invasores cuando se enteraron de que tenían tantos soldados a sus espaldas.

Liderados por el legendario general Douglas MacArthur, las fuerzas defensoras empujaron a los invasores de vuelta a su país, incluso más allá, llegando hasta la frontera con China. En el momento en que los americanos y coreanos del sur dominaban Corea del Norte casi por completo, 200.000 chinos entraron en escena para rescatar a sus camaradas comunistas. En resumen, luego de muchísimas salvajes batallas y campañas de bombardeo aéreo, los ejércitos volvieron a sus lugares iniciales. Murieron, sin razón, al menos dos millones y medio de personas.

La Guerra de Corea dejó claro que el país permanecería dividido. Los americanos estaban dispuestos a matar y morir por su aliado, al igual que los chinos por el suyo. Así las dos sociedades, la Corea del Norte comunista y Corea del Sur capitalista, comenzaron a desarrollarse cada una por su lado. A pesar de sus diferencias, ambas tenían gobiernos autoritarios. Pero mientras que Corea del Sur se democratizó progresivamente hasta por fin alcanzar la democracia en los años noventa, Corea del Norte permaneció siendo un régimen estalinista hasta el día de hoy. Una reliquia del siglo XX.

El comienzo del secuestro

Kim Il Sung, la mente brillante que comenzó la guerra, seguiría siendo el líder supremo de Corea del Norte hasta su muerte en 1994. Su hijo, Kim Jong Il, lo reemplazaría, y a su vez sería reemplazado por el líder actual, Kim Jong Un. Con el final de la guerra, Kim Il Sung comenzó a construir su culto a la personalidad. Tomando prestado de múltiples tradiciones religiosas para fundamentar el estatus divino de su familia. Su objetivo era lavarle el cerebro a su población. Haciendo imposible que pudieran imaginarse una vida sin la dinastía Kim al mando. El secuestro comienza por la mente.

Los coreanos del norte se dispusieron a copiar los métodos de sus benefactores, China y la Unión Soviética. Todos los medios de producción son controlados por el gobierno, no hay tal cosa como el sector privado, hasta el punto de que es un crimen vender cualquier cosa por tu cuenta. La censura es total. Toda forma de expresión está prohibida, solo se difunden las que provienen del gobierno. No hay nada parecido a la justicia. Tú y toda tu familia pueden terminar en un campo de concentración si cualquier miembro es acusado de ser un traidor. Expresar duda sobre cualquier cosa que tenga que ver con el gobierno equivale a traición. La economía por supuesto está en ruinas. La sociedad dependía por completo del dinero enviado por la Unión Soviética. Por eso, cuando aquel país dejó de existir, la hambruna nacional no tardó en llegar.

Mientras que la Unión Soviética desapareció y China «dejó» de ser comunista, Corea del Norte se mantuvo firme en el camino hacia el control total de la sociedad. Los rusos y los chinos lo intentaron, pero al final no pudieron reprimir por completo a sus poblaciones, quizá porque eran mucho más numerosas. Siendo un país mucho más pequeño, Kim Il Sung logró someter tanto a sus ciudadanos que la posibilidad de cualquier revolución quedó enterrada para siempre

Cómo es la vida dentro de Corea del Norte

Es imposible viajar a Corea del Norte y documentar lo que está pasando, pero podemos saberlo a través de los ojos de los desertores. Todos ellos, habiendo desertado en años distintos, de edades y géneros distintos, parecen describir exactamente el mismo lugar infernal. Los elementos de sus historias coinciden.

Lo primero que se le enseña a un niño norcoreano es que Kim Il Sung es Dios, o al menos lo era, antes de morir. Naturalmente, sus herederos son hijos de Dios. Cada familia norcoreana debe colgar dos retratos en un lugar visible de su casa, uno de Kim Il Sung y otro de su hijo, Kim Jong Il, los cuales deben ser limpiados diariamente. Si un día tienes mala suerte y los retratos se caen al suelo, alguien que estaba pasando por ahí ve el desastre y te acusa a las autoridades, serás ejecutado.

Por eso es que Hyeonseo Lee comienza su autobiografía con el momento en que, mientras su familia veía cómo se quemaba su casa producto de un accidente en la cocina, su padre se abrió paso entre las llamas para volver a entrar. Nadie sabía qué estaba haciendo. De repente el techo de la casa colapsó, lo más seguro era que su padre había muerto. Milagrosamente resurge de los escombros, ennegrecido y tosiendo. Carga con dos rectángulos en los brazos, son los retratos de los líderes del país. Los deposita cuidadosamente a un lado y abraza a su familia. Sabía que su lealtad sería cuestionada si los retratos se quemaban con el resto de sus posesiones.

El gobierno de Corea del Norte no tiene el más mínimo interés en desarrollar la economía del país. Solo le interesa mantener el control total de la sociedad y asegurar su propia supervivencia. Como consecuencia, excluyendo a los altos funcionarios del gobierno, todo norcoreano vive en pobreza extrema. No podría ser de otra manera, dado que el gobierno prohíbe toda iniciativa económica y no se preocupa por crear ninguna propia.

Vivir en Corea del Norte equivale a vivir en la Europa de la Edad Media. Es una tierra que parece pertenecer a otra época, pero que fue transportada a la nuestra. Los norcoreanos no pueden disfrutar de ninguno de los beneficios de las sociedades modernas. Sus hospitales no tienen medicamentos, sus mercados no tienen comida, sus granjas no tienen fertilizante, por lo que se han visto forzados, como relata Yeonmi Park, a utilizar heces humanas. Hubo una época en que cada alumno norcoreano tenía que cumplir con su cuota de heces humanas, lo cual era difícil porque la cantidad era grande. Esto provocó que surgieran ladrones de letrinas, que robaban las heces de los vecinos para cumplir su propia cuota. Un nivel de miseria que no debería existir.

De todas las autobiografías escritas por desertores norcoreanos, la más brutal es Every Falling Star, escrita por Sungju Lee. El autor describe cómo solía formar parte de una familia de élite en Pyongyang, la capital de Corea del Norte. Hasta que un comentario desafortunado los llevó a perderlo todo. Toda la familia fue expulsada de la capital, destinados a una provincia rural. Sungju recuerda como, cuando llegaron en tren al pueblo al que los enviaron, notó que todos los que lo rodeaban estaban en los huesos, sus ropas manchadas y rasgadas, al igual que sus zapatos. Algo dentro de él le dijo que pronto se vería igual a ellos, y así pasó.

La escuela era igual de horrible. Solo les enseñaban propaganda gubernamental, obligándolos a aprenderse de memoria toda la supuesta biografía de cada uno de los miembros de la dinastía Kim. Cada día faltaba a clase otro compañero, para nunca regresar. En el peor de los casos, murieron de hambre junto con sus familias. Si no, dejaron la escuela para convertirse en lo que los norcoreanos llaman kotjebi, o niño de la calle. Forzados a robar para no morirse de hambre, los kotjebi se reunen en pandillas y se pelean a muerte por el control de territorio.

Pronto le tocaría al protagonista convertirse en un kotjebi, sus padres lo abandonaron para irse a trabajar a China, conseguir dinero y luego mandarlo a buscar. Pero mientras tanto estaba hambriento y solo. Lo que lo llevó a formar una pandilla con sus compañeros de clase. Este otrora niño rico fue forzado a aprender a robar para sobrevivir. Luego viajarían a otros pueblos en busca de mercados ligeramente más prósperos. Así se vieron forzados a pelear salvajemente con otras pandillas de kotjebi por el control de la zona de hurtos. Los muchachos atraviesan una serie de tragedias que la gran mayoría de personas en este mundo podrían siquiera concebir.

Por qué estas historias son las más importantes que hay

El sentimiento más surreal del mundo debe ser el de escapar de Corea del Norte y llegar a China (es imposible huir directamente hacia Corea del Sur). Hyeonseo Lee describe mirar hacia China desde el lado norcoreano de la frontera. Mientras que ella no tenía electricidad ni comida en su casa, del otro lado del río podía ver incontables luces y oler los platillos que estaban cocinando. Esa curiosidad la llevó a desertar, primero temporalmente y luego para siempre. ¿Cómo es que solo un río separa la esclavitud de la libertad? Las autoridades reciben la orden de que, si consiguen a cualquier desertor norcoreano, deben enviarlo de vuelta a su país. Aún sabiendo que eso significaría el castigo más terrible.

Resulta muy difícil familiarizarse con el sentimiento descrito por muchos desertores cuando, por fin, llegan a la tierra prometida. Al llegar a Corea del Sur son procesados para confirmar la veracidad de su estatus de desertor, para asegurarse de que no se trate de un espía. Al aprobar les dan un tour por Seoul, la ciudad capital. Todos los desertores describen las mismas emociones: alegría, incredulidad, miedo, ansiedad, tristeza, siempre desembocando en una ira impotente y amarga. Desde que son chicos les dicen que en Corea del Sur los niños se mueren de hambre, que todos son esclavos de los estadounidenses y solo gracias a Kim Il Sung es que ellos pueden disfrutar la gloria de vivir en Corea del Norte. ¿Cómo se debe sentir darte cuenta de que toda tu vida ha sido una mentira? Que todas tus creencias más preciadas eran pura propaganda política. Lo describen como una tortura que te rompe el cerebro, tardas meses en recuperarte de un golpe psicológico así. Algunos nunca lo hacen y terminan volviéndose a Corea del Norte, al menos ese infierno lo entienden.

Estas historias son importantes en la geopolítica moderna. Representan el contraste más violento entre libertad y esclavitud. Corea del Sur no es perfecta, pero es una evidencia de que la democracia liberal es un sistema mucho más efectivo para incentivar la prosperidad y la libertad en una sociedad. Y que no hay nada más inhumano que secuestrar a una persona, manteniéndola aislada de todos los bienes que el mundo tiene para ofrecer, solo por el hecho de nacer del lado incorrecto del muro. Kennedy lo apostilló en su legendario discurso en Berlín Occidental:

La libertad se enfrenta a muchas dificultades y la democracia no es perfecta, pero nunca hemos tenido que levantar un muro para encerrar a nuestro pueblo, para impedir que la gente se vaya. (…)

John F. Kennedy